
En palabras de Etienne, la acepción del lector-hembra de Morelli yace en una actitud: la de ser víctima del escomoteo del mero escribir estético que lo suscita como el «tipo que no quiere problemas sino soluciones, o falsos problemas ajenos que le permiten sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse con el drama que también debería ser el suyo» (Rayuela: 611). La negación del detached-reader permite socavar el enfrentamiento del sujeto hacia el texto en tanto objeto, de manera que se abstenga de no involucrar – esto en un flagrante falsamiento de su experiencia – su propia subjetividad en el acto de la lectura. El lector, contrariamente, co-construiría y co-constituiría, mediante la imposición de pre-juicios que siempre se adelantan, el texto en el acto de la lectura y no se comportaría meramente como receptor impasible de lo que la obra imponga. Si se critica el enfrentamiento textual objetivista, nos hallamos con todo derecho de proclamar una suerte de ‘giro copernicano’ (kopernikanische Wende, à la Kant) en la lectura y ello pretendidamente permitiría que nos felicitemos como quienes hemos introducido de nuevo, y de forma anticartesiana, el papel constructivo, genético-constitutivo, del lector en la lectura del texto. Pero el sujeto constituyente, ¿qué construye? ¿Acaso construye el texto, lo finaliza? ¿Acaso bastan los eslóganes y la aceptación de alguna teoría (realista, antirrealista, idealista, semiidealista, o bien materialista) para salir de la dificultad de dar cuenta de la experiencia más genuina? La otra pregunta que nos sale al paso cuando nos encontramos con el filósofo de Rayuela es la siguiente: ¿Qué es lo que hacemos cuando escribimos? Porque leer y escribir son correlativos.
La consideración de aquéllo que el lector pretendidamente aporta por estar él mismo puesto de antemano como agente del encuentro con el texto y lo que de éste recibe, obnubila desde el principio un hiato – el del sujeto y el objeto – que se erige como dado e inexpugnable. Una observación de Etienne, nos exime de seguir el derrotero más fácil que no es sino el de trocar el esquema del dualismo metafísico, puesto que «[s]i seguimos ateniéndonos a categorías kantianas, parece querer decir Morelli, no saldremos nunca del atolladero» (Rayuela, 618). Se trata de destruir el esquema. En el caso de Morelli, destruir la literatura (cf. Rayuela, 614); una demolición que, a contrapelo de lo que podría pensarse más naturalmente, abriga las esperanzas que presienten algo otro, porque «Morelli quiere salvar algo que se está muriendo, pero para salvarlo hay que matarlo antes o por lo menos hacerle tal transfusión de sangre que sea como una resurrección» (Rayuela, 616).
Pero ¿qué es eso que hay que resucitar? No un lenguaje más exacto, ningún afinamiento más incisivo de un instrumento que estaría supuestamente a disposición y antojo del hombre, y que, dada su relatividad cultural, no coincidiría con una realidad ready-made. Salvar el lenguaje es también salvar la vida. Etienne ya lo había advertido: «Lenguaje quiere decir residencia en una realidad, vivencia en una realidad» (Rayuela, 613). Salvar el lenguaje es equivalente a salvar la realidad. Si bien la mención de la ‘intuición’, traída a colación tímidamente por Gregorovius, deviene la excusa para que Oliveira le espete que no se deben atribuir a Morelli «los problemas de Dilthey, de Husserl y de Wittgenstein» (Rayuela, 614), el mismo Oliveira parece recurrir a Dilthey, diríase que mediante una citación parafraseada no reconocida, cuando refiere la realidad tecnológica: «este mundo de cortisona, rayos gamma y elución del plutonio, tiene tan poco que ver con la realidad como el mundo del Roman de la Rose» (Rayuela, 617). En su Einführung in die Geisteswissenschaften (1889), Dilthey había afirmado que «[e]ste mundo inteligible de los átomos, del éter, de las vibraciones, no es más que una deliberada y altamente artificiosa abstracción de lo dado en la vivencia y en la experiencia». Contrariamente a lo que piensa Oliveira, la pretensión de Husserl de dar con ese ámbito enceguecido por la abstracción y el señalamiento por parte de Wittgenstein en el Tractatus Lógico-Philosophicus (1921) de que a partir de las nociones clásicas de la lógica y de la estructura del lenguaje no se puede pensar, sugieren una íntima proximidad con las preocupaciones de Morelli. Lo buscado por Morelli – en opinión de Wong, «un filósofo extraordinario aunque sumamente bruto a ratos» (Rayuela, 612) – ha de comprendérselo a partir de una dificultad: el apuro de cargar a cuestas con el cadaver de la problemática moderna que aún no ha sido resuelta. Y por eso es que el filósofo de Rayuela hace lo que hace: para poder descargarse de ese peso.
Surge, así, la pregunta por la dirección: ¿Hacia dónde hemos de dirigirnos para desasirnos del cadaver? ¿Acaso hacia un paraíso pre-teórico anterior, o bien hacia un despertar en el futuro? El lúcido Etienne sabe bien que ese más allá, ese Yonder o la ‘verdadera realidad’, es decir, la realidad humana, el origen, «no es algo por venir, una meta, el último peldaño, el final de una evolución. No, es algo que ya está aquí, en nosotros. Se la siente, basta tener el valor de estirar la mano en la oscuridad. Yo la siento mientras estoy pintando» (Rayuela, 618). La empresa tiene aires de aporía y por ello suscita la impresión del no-poder-pasar, pero Morelli se enfrenta con valentía a la dificultad y se encarga de propinar puntapiés a ese pretendido portón de barrotes de hierro. Porque surge la sospecha de que quizá «no se puede denunciar nada si se lo hace dentro del sistema al que pertenece lo denunciado» (Rayuela, 619). Por ello, Morelli no destruye el lenguaje ni corteja con el sinsentido. Los surrealistas, en cambio, se pusieron a jugar con las palabras, y se colgaron de ellas «en vez de despegarse brutalmente de ellas, como quisiera hacer Morelli desde la palabra misma» (Rayuela, 613). Aquí, precisamente, está el quid del asunto: hay que ejercer el desapego de las palabras desde la palabra misma, es decir, la destrucción morelliana de la literatura es una empresa, en el fondo, constructiva.
Como en la frase-dardo de Nietzsche en Die Göttzen Dämmerung («temo que no nos libraremos de Dios en tanto sigamos creyendo en la gramática»), Morelli también se enfrenta a la disposición afectiva, que es lo que hay que modificar, y por ello lo que «busca es quebrar los hábitos del lector» (Rayuela, 615). Lo que yace en el fondo y lo que debe ser transformado es la espiritualidad subyacente.
Oliveira cierra el capítulo de forma soberbia:
«Pero para volver al viejo, si lo que él persigue es absurdo, puesto que es como pegarle con una banana a Sugar Ray Robinson, puesto que es una insignificante ofensiva en medio de la crisis y la quiebra total de la idea clásica del homo sapiens, no hay que olvidarse de que vos sos vos y yo soy yo, o que por lo menos nos parece, y que aunque no tengamos la menor certidumbre sobre todo lo que nuestros gigantes padres aceptaban como irrefutable, nos queda la amable posibilidad de vivir y de obrar como si, eligiendo hipótesis de trabajo, atacando como Morelli lo que nos parece más falso en nombre de alguna oscura sensación de certidumbre, que probablemente será tan incierta como el resto, pero que nos hace levantar la cabeza y contar las Cabritas, o buscar una vez más las Pléyades, esos bichos de infancia, esas luciérnagas insondables. Coñac». Rayuela, 621-622
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